Lunes, 31 de agosto de 2009

 

 

RUMBO AL FUTURO

Sofía era una niña que vivía en un pueblo muy lejano de la capital. Hija mayor de cuatro  hermanos  de una familia muy humilde. Desde pequeña, como toda niña,  ha tenido muchas ilusiones  como estudiar, jugar, en fin todo lo que una niña puede soñar en su infancia;  pero, además, ella soñaba con trabajar para sacar adelante a su familia.

Debo decir que el pueblo donde vivía Sofía era pequeño, ubicado a orillas del mar, donde todos sus habitantes se dedicaban a la pesca para el sustento de las familias y las mujeres, para ayudar a sus maridos en el sostén de la casa, lavaban la ropa de las señoras encopetadas.

Carmen era la mamá de Sofía y todos los días preparaba sus enseres para ir a trabajar donde la ricachona, esposa del mayor hacendado de la región, donde tenía que lavar desde los trastos y los corotos hasta la ropa del patrón como los finos vestidos de noche de Doña Eulalia, la acaudalada matrona…

Pues bien, Sofía era la más bella entre todas las niñas de la región, incluyendo a Matilde la hija de Doña Eulalia; y, además de ser bonita, era atenta, amable, cariñosa, respetuosa y tan inteligente que le hacía a Matilde las tareas del colegio.

Matilde era amiga de Sofía por interés y porque ésta le servía de modelo para escoger los vestidos para la fiesta venidera; pero nunca se rozaban en la calle porque aquella consideraba a Sofía como hija de la pobreza, sin aspiraciones, sin ilusiones ni metas.

Sofía, visitaba a su amiga pero nunca cruzó, ni escuchaba palabra de Doña Eulalia, porque esta señora encopetada le decía a Carmen, su mamá, que ellos no tenían suficiente dinero para pagarle los estudios a Sofía en la capital; que en la capital la vida era dura, que había mucha corrupción y Sofía podía perderse en el bajo mundo de las drogas y de la prostitución, ya que no tenía dónde vivir en la capital, ni buenas relaciones para entrar a estudiar en la universidad.

Carmen, la humilde madre, nunca respondió, ni refutó lo que Doña Eulalia le repetía constantemente; por el contrario, cuando llegaba a casa, extenuada por el duro trabajo del día, aconsejaba a Sofía, la niña de sus ojos, diciéndole que debía esforzarse en los estudios, que tenía que tener mucha responsabilidad, que era bella y su príncipe azul iba a ser superior al de Matilde; que tenía juventud por delante y llegaría a ser la mejor profesional de todos los pueblos circunvecinos; es más, la ilusionaba diciéndole que con el tiempo iba a ser la alcaldesa de pueblo, para envidia de todos los políticos que nunca habían querido ayudarle a Carlos, el humilde padre de familia de Sofía. - ¡Voy a trabajar hasta el cansancio, porque quiero que llegues más lejos que la hija de Doña Eulalia, para darle una lección a esa vieja encopetada! – Solía decirle Carmen a su hija Sofía.

Pasó el tiempo, como todo pasa, y llegó el momento ¡Sofía se marchaba para la Capital!  Empacó maletas con lo poco que tenía y con el corazón palpitante, mirando el sol naciente, salió a la calle, la cruzó sin darse cuenta cómo y pasó frente a la gran mansión de doña Eulalia, quien la llamó para decirle –“¿Mija, pero tú sí sabes lo que es la capital? ¿Y te vas sola? ¿Tú estás loca? ¿Tienes dónde llegar? ¡Vas directo a la perdición! ¡A las drogas! ¡A la prostitución!

Y Sofía le respondió como le había dicho su mamá: “¡No se preocupe doña Eulalia que sé para dónde voy, lo que tengo hacer, dónde voy a llegar y con quién voy a relacionarme! ¡No se preocupe, esto es cuestión mía y sólo mía!”

El bus pitó en la plaza principal llamando a los retrasados pasajeros y Sofía apretó el paso, llegó a la plaza donde el bus la esperaba, miró alrededor y no vio quién fuera a despedirla; total, no le importaba, porque sólo Carmen, la humilde madre, con lágrimas en los ojos la despedía en un abrazo interminable y una frase que nunca olvidaría: “Pa lante es pa’llá; pa tras, ni pa cogé impulso”, mientras se secaba las lágrimas con la manga de la blusa.

Sofía subió al bus que volvió a pitar para empezar la marcha que la alejaría del pasado, se acomodó al lado de una niña de su misma edad, de su mismo color, con su mismo cabello; que parecía mirar con sus propios ojos; que respiraba el mismo aire que respiraba ella y observaba el mismo cielo que observaba ella; no quiso volver a mirar a la niña acompañante porque pensó que las separaba el espejo de la realidad.  Abrió la cremallera de su pequeño maletín para confirmar si llevaba el diploma de bachiller obtenido en el colegio del pueblo; pensó que lo había olvidado; no era el único documento que la acompañaba, porque también llevaba la recomendación del cura del pueblo. Acomodó el maletín en un sitio seguro bajo sus pies y levantó la cara para observar el panorama; ya el pueblo era historia y mirando a la niña del espejo; a la niña que sonreía cuando ella sonreía, que la miraba cuando ella la miraba; y mientras el ayudante del bus iba anunciando los pueblos donde harían la próxima parada: “¡San Juan! ¡San Juan! ¡San Juan!”…  “¡San Alberto! ¡San Alberto! ¡San Alberto!”… “¡San Jacinto!  ¡San Jacinto! ¡San Jacinto”… pensaba que aquel bus que se atragantaba de carreteras interminables y que se dirigía a sitios desconocidos para ella; en verdad de verdad, la llevaba rumbo al futuro.  

FERMIN MOLINA VARGAS

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